En la noche oscura del alma

Dicen que cuando nací, en el monte de Javalón, al pueblo entero se le encogió el corazón. Desconocían el motivo, pero de alguna manera sabían que había nacido una nueva bruja en esas tierras.

En vez de llorar, miré a mi madre y ella trasladó el fuego de sus ojos a los míos. Entonces aparecieron las ánimas, que solo pueden presenciar quienes poseen el don de la magia en su sangre. A ojos ajenos, solo serían luces extrañas y contornos luminiscentes. Según cómo fuese el corazón de quien observase, vería algo indescriptiblemente hermoso o al mismísimo Diablo.

En torno a nosotras se congregaron todos los espíritus de la larga estirpe familiar para darme la bienvenida. Brujas que en el pasado se ocultaron fingiendo no serlo; aquellas que fueron quemadas en la hoguera; las que curaban a sus vecinos con remedios naturales y asistían los partos; las que desataban tempestades cuando la ira se apoderaba de ellas. Incluso las que habían separado a familias enteras por desamor, hallando la única forma de aliviar su dolor: devolviendo el golpe, multiplicándolo hasta reducir todo a su alrededor a ruinas.

Son muchas las leyendas que hablan sobre mis allegadas o sobre mí. Y puedo asegurar que son ciertas.

Pero hoy estoy aquí para contaros cuál es mi propósito. No es fácil de explicar porque hago muchas cosas. Y con estas palabras podréis entenderlo mejor.

Ya he dicho que soy una bruja, pero lo que aún no he contado es que estoy en todas partes, que observo y estoy pendiente de lo que ocurre a mi alrededor.

Como la vez que vi a ese pastor entumeciéndose, intentando resguardarse en la nieve. En sus pensamientos aparecía una gran preocupación por sus ovejas, ¿estarían a salvo? También percibí que me llamaba. Me decía que no había hecho todo lo que aún tenía pendiente. No encontré egoísmo ni vanidad, sino una enorme bondad. Así que invoqué a las fuerzas del viento, que hicieron sonar las campanas de la iglesia para que encontrara el camino de vuelta a casa. Recuerdo el sosiego en él, cuando desapareció el frío al entrar en contacto con el suave fuego que había encendido muchas horas atrás y que no se había extinguido, como si aguardase su regreso, como si todo tuviera una razón de ser.

Sí, fue un invierno muy duro. Y si en algún momento me quedaba dormida entre las estrellas, alguna de mis hermanas escuchaba por mí.

Los susurros que se sienten en el transcurso de la noche cerrada, que os pueden parecer ininteligibles, son mis cánticos. Palabras mágicas escritas en tebano. Yo conjuro estas tierras y las protejo, cuido de todos vosotros porque también sois parte de las raíces que me representan. Selladas en un hechizo inmortal que se expande o se contrae, pero que nunca desaparece. Aunque admito que a veces me gusta… divertirme un poco. Y hago algunas travesuras, como aparecerme con aspecto fantasmal ante quienes no creen en mí o cambiar los objetos cotidianos de lugar. En una ocasión en la que vi a dos señoras riéndose de las leyendas y diciendo que las brujas no existían, decidí iluminar la ventana del piso más alto de una casa que estaba situada a las afueras del pueblo. No lo hice solamente por divertirme, sino porque me parece triste que haya que ver algo para creerlo.

Empezaron a tener curiosidad, porque sabían que nadie vivía allí. Las puertas estaban cerradas a cal y canto. Lo único que quedaba con vida en esa estructura era el polvo acumulándose lentamente, presa de los años y la ausencia. Y yo me materialicé. Pasaba largas horas ante un espejo, peinando mi cabello. Repetía en voz alta, una y otra vez, los nombres de las dos señoras que se habían reído, ya que de esta manera las convocaba. Era algo que no podían ignorar. Así que acudieron a mi encuentro y me vieron. Yo las miré y todas sus antiguas creencias tuvieron que ceder ante la verdad: yo estaba allí. A la mañana siguiente se lo contaron a todo el mundo. Y tras forzar la cerradura y subir a la habitación que ellas señalaron, vieron que en ese espejo cubierto del mismo polvo que había en el exterior había huellas recientes de mis dedos. Desde ese instante nadie volvió a dudar de dichas leyendas.

Pero también me agrada pedirle al destino que confabule a favor de quien lo merece, por ser buena persona. Brindo un consuelo invisible en las noches oscuras del alma, consagrando caminos invisibles que llevan hacia la felicidad anhelada. Porque a veces la felicidad se traduce en algo tan sencillo como el sentido de pertenencia a una comunidad.

Es algo que aprendí desde niña, cuando invocábamos a los elementos en la medianoche junto a mis hermanas. Ninguna de nosotras estaba sola. Y cualquier residuo de tristeza era comprendido. No me pedían que no llorase, me dejaban hacerlo teniendo una mano cerca de la mía. Me decían que no siempre puede ser primavera y que nosotras, las brujas, no teníamos que fingir estar siempre bien, sino aceptarlo, porque de esta manera emergeríamos más fuertes, más sabias.

Hoy permanezco aquí, como guardiana de todos los descendientes que sintieron mi nacimiento, hace ya trescientos años.

Me encontraréis en cada recoveco. Porque nunca moriré.

Y si en esta luna algo os inquieta y no os deja dormir, permitid que vuestra verdad se abra al hechizo, sentid cómo recobráis el aliento y, en esa plenitud, recordad que el camino es como la Rueda de la Fortuna, el arcano que indica que la vida está en constante movimiento. Puede que haya incertidumbre. Que las caídas, los giros y las idas y venidas resulten desconcertantes, pero al final lo que queda es la auténtica esencia, ese emperador o emperatriz que, bajo el cobijo de las atalayas, sigue adelante, para hacer de los sueños y las metas una realidad aun habiendo obstáculos y pese a que no resulte fácil.

Como si todo fuera posible cuando se sabe lo que se quiere y adónde se quiere llegar. A veces solo es cuestión de creer que puede serlo.

Pensad en esto cuando escuchéis los cánticos de la noche. En la noche oscura del alma.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

Picture by Ida Rentoul Outhwaite (1888-1960).

Volver
error: Contenido protegido