Coraza de nácar y sal

Parecía estar caminando sola por aquella playa, aunque no lo estaba. Le hablaban y ella respondía sonriendo. Hacía calor, pero en algunos momentos sentía escalofríos.

¿Por qué el clima había cambiado repentinamente?

Se despidió con la promesa del mañana y esta vez sí se quedó a solas.

No había nadie con quien discutir o pelear, pero lo hacía. Cuando escuchaba las palabras amor, esperanza o fe, ella se volvía odio. Se vestía con su mejor armadura, se dirigía al mar y arrojaba su voluntad de entrega. Y, cuando se daba la vuelta, el mar se la devolvía. Entonces ejercía el autocontrol, dominando las olas con un poder digno de admirar.

Porque lo que sentía era solamente suyo, como un susurro que no se comparte, que no conoce otra morada que el propio interior. Un mundo aparte, secreto y precioso, deseoso de avanzar, sentido como una fuerte y continua palpitación.

Se preguntó qué pasaría si dejaba de utilizar su poder.

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Cada palabra rencorosa o fingidamente indiferente era recibida con un afecto que no se quebraba, porque conocía lo que se ocultaba detrás.

El mar, que siempre la había entendido y ahora la percibía con nitidez, la abrazó y le habló sosteniéndola entre sus aguas.

Le dijo que a lo mejor se estaba adelantando a lo que podría pasar. Que no tenía que crear tantos escenarios que incluían catástrofes o encrucijadas.

Era libre de intentar ordenar con la razón lo que sentía, de reconocerlo o no. Si no quería experimentar emociones y optaba por la coherencia interna, la sensatez y la lógica, podía hacerlo. Si prefería elegir entenderlo en vez de simplemente dejarlo ser, también. Aunque esta elección no cambiaría lo que le pasaba por dentro.

«A veces solo se trata de actuar con cordura, pero sin que ello implique sacrificar nuestros deseos más ingenuos», le indicó.

Creyó escuchar la palabra «perdón». Apenas era una voz sin forma, pero reconoció de inmediato su procedencia.

Las hadas suelen saber muchas cosas; es algo parecido a un don: pueden ver la verdad en el infinito, en lo intangible, lo cual suele confundir y provocar extrañeza. Y ahora se disculpaban por ello. Por haber intentado que viera todo lo que ellas conocían.

Ya no quedaban símbolos que interpretar ni palabras que descifrar. Las medias verdades, los silencios y las claves ocultas habían perdido toda utilidad. No quedaba nada más por decir…

—Quédate conmigo un poco más—, le pidió al mar.

El día daba paso a la noche, una y otra vez, como una marea serena que se extendía y se recogía despacio, dejando una quietud suave a su paso.

Esa presión en el pecho desaparecía lentamente. Los latidos se acompasaban.

Su coraza de nácar y sal se fundía en un abrazo mutuo de irrealidad donde no había prisa por llegar a ninguna parte.

Aquel instante era, como su mundo secreto, un paréntesis en el tiempo donde todo se detenía para dejar espacio a algo más frágil, que no necesitaba vivirse o explicarse, solo existir en silencio mientras lo demás se desvanecía en la distancia.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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