Una barrera invisible y dos seres con prejuicios

La prosa no alcanza a traslucir el contenido de cada coma, de cada punto; carece de gestos, de imagen.

Imaginemos una situación en la que dos personas se encuentran la una frente a la otra. Quieren acercarse, pero entre ellas hay una pared, un muro, cualquier tipo de barrera que lo impide.

En el interior de una de ellas había sentimientos nobles que se mantenían en un constante tira y afloja. Se estaba reprimiendo, y es que por un lado sentía la necesidad de exponerlos, pero por el otro tenía miedo de hacerlo, pensaba que tal vez habría demasiada frialdad, creía que a lo mejor ya no era posible que aquello que imaginaba pudiera darse. Pero como tenía una gran capacidad de ocultar sus emociones se mantenía en silencio, a la espera de una señal, de algo que le indicase que las ilusiones escondidas podrían ser compartidas. Hasta llegó a analizar un entorno que no había palpado, del que solo conocía parte del pasado, pero evitando aplicarse el mismo análisis, sin observarse en la otra mirada. Estaba triste por no poder expresarse y por la distancia. Pero tenía que saber que nadie podría adivinar cuáles eran sus intenciones, lo que quería o lo que haría, si permanecía en ese encierro indescifrable.

Y es que todo lo que la otra persona intuía no era por haberlo escuchado. Sabía que existía algo vivo, que le habría gustado descubrir de qué se trataba. De alguna manera se había contagiado de esa ilusión naciente, que dormía y despertaría cuando se rompiera la barrera, pero no encontraba la forma de hacerlo y no quería quedarse parada en la coyuntura, en el instante previo al quizás, en un tal vez del que desconocía el significado hasta que ocurriera. En momentos que todavía no habían respirado.

¿Qué sentirían cuando volvieran a verse? ¿La conexión era real?

Esta situación también le entristecía.

Era inevitable tener una idea o imagen y que ello ralentizase los movimientos o hiciese que se detuvieran con el ánimo de continuar al ver una acción real que rompiera ese arquetipo de pasividad. Pero esta imagen era un boceto a carboncillo que podía borrarse y volver a diseñarse. Esto también podía aplicarse en la otra dirección, ya que probablemente su visión del entorno era errónea y esto le impedía ver más allá.

Cuando no sabes qué decir y la roca con la que conversas le hace más caso a sus creencias y a los malos pensamientos aparecen estos contratiempos. Y la respuesta, supone el puente. Saber que puedes caerte pero tener la certeza de que no habrá impacto contra el suelo. O que todos caerán al suelo. Porque al final se trataba de eso, de no llevar paracaídas.

Así, en esta historia había dos seres que estaban tristes y tenían prejuicios. Uno no tenía las herramientas para fragmentar la barrera pero sí muchas ganas de que pasara y el otro las tenía pero no era capaz de utilizarlas. Detrás había una invitación para redescubrirse y una conclusión, fuera la que fuese.

Porque de nada servía el orgullo, el resentimiento o el miedo a no ser correspondido. Ya no, aquí no, no en este caso.
Nadie podía prever situaciones, pero había un anhelo compartido y una más que posible bonita amistad, así como unos temores que no tenían razón de ser.

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«Ojalá coincidamos en otras vidas, ya no tan tercos, ya no tan jóvenes, ya no tan ciegos ni testarudos, ya sin razones sino pasiones, ya sin orgullo ni pretensiones» Charles Bukowski.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados. Art by Julie Williams.

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