La rueda de la fortuna

Miró a través de la ventana y vio aquel buzón. No estaba lejos, pero le pareció que andar ese camino sería enrevesado. Lo había frecuentado en el pasado, envió cartas que no obtuvieron una respuesta. Los sobres se acumularon frente a una puerta y los numerosos otoños los colorearían de amarillo al mismo tiempo que la desilusión inicial se transformaría en aceptación.

No parecía fácil olvidar y lo más curioso es que sucedió: las facciones, momentos y lo que creyó haber sentido en algún instante ya no estaban. Sin embargo, latía un pequeño fulgor en alguna parte. No conocía su procedencia, tampoco qué hacía allí, pero para su sorpresa, le llevó a transitar de nuevo ese camino.

Solo sabía que estrechaba una hoja en blanco. Y cuando sus dedos rozaron la ranura, antes de escuchar el leve ruido que produciría la hoja al caer, supo que no podía hacerlo. Era un disparate volver a intentarlo. No era cuestión de pensar que había un final y que este era inalterable. No, era mucho más simple que eso: lo que ocurría es que la convicción que mantiene firme el pulso que deposita la carta y no provoca titubeos o temblores se había ausentado. ¿Cómo iba a enviar un papel en blanco, sin nada escrito? ¿Y si había cambiado la dirección?
Y si volvía a quedarse frente a esa puerta.

No podía ser quien arrojara sonido al silencio primero. Es por eso que a pesar de que el camino estuviese exento de rocas, nubes y sombras, de que sintiera próximo el preludio de un escenario que estaba por dibujarse, tuviera que sortearlo. Se dejaría llevar si los mensajes dejasen de ser encriptados y enviados a portales dimensionales, cuando se revelaran derramando claridad de la mano de un sencillo ‘hola’ en el buzón. Cuando dejara de darle vueltas y vueltas a pensamientos que no llevaban a ninguna parte y, por una vez, prestara atención a lo que su corazón tenía que decirle.

Hasta que lo que tuviera que enviar fuera otro saludo como réplica en lugar de una pregunta.
Era algo que estaba allí, tan cerca, tan lejos. ¿Llegaría a ocurrir? ¿Tendría la iniciativa de acercarles la posibilidad? ¿Había acabado antes de comenzar? ¿También sentía la compañía de ese fulgor?

Quizá nunca saldrían de esa rueda de la fortuna, de ese ciclo que lo único que hacía era repetirse. Probablemente las cosas no cambiarían. A lo mejor sí lo hacían. De momento no pensaría en lo que estaba ocurriendo detrás de esa puerta, porque no manejaba los hilos que ocasionan cambios, solo podía responderlos.

El destino no estaba escrito pero la fe en una nueva perspectiva permanecería en coma hasta que lo improbable aconteciera, cuando lloviera hacia arriba, en ese sanctasanctórum de estrellas caídas, donde se reúnen y al fin celebran todos aquellos secretos celestes.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

Volver
error: Contenido protegido