La guardiana de fuego

 

Había dos cosas en las que el príncipe no creía: en los horarios y en las casualidades. Pero tenía que empezar a creer en algo si quería encontrarle remedio a su mal: no tenía sueños.

Lo habían tratado numerosos especialistas en sueño, en preocupaciones y en doseles, pero él no estaba preocupado, solo estaba cansado de ese trayecto que suponía acostarse, la nada y el despertar.

Hasta que le hablaron de ella. De la bruja que vivía en el norte. Tenía poderes especiales, tal vez podía ayudarlo. Tampoco creía que existía hasta que la vio.

Sabía que esperaba a que anocheciera para, cargada con una cesta, inspeccionar los bosques en busca de raíces, hojas y especias. No era cuestión de horarios y tampoco una casualidad, sino una certeza.

La llamaban la Dama de Fuego y no supo el motivo de este apodo hasta que sus ojos se cruzaron con los suyos y vio que en ellos había dos llamas anaranjadas, pero más allá había algo más, algo secreto que nunca dejaba entrever.

Asustado ante aquella estampa regresó a su castillo. No sabía que aquella sería la primera ocasión en la que soñaría. En el sueño tenía alas y podía volar tan alto que alcanzaba las nubes.

Al principio estaba contento porque se sentía humano al fin, pero cuando ya lo había soñado todo se dio cuenta de que había un hueco en su vida. Y perdió la alegría.

—Debería volver a verla—le indicó uno de sus consejeros—. Acérquese a la bruja, intente hablar con ella.

Pero la bruja ya no vivía allí. Solo quedaba de ella una flor que no se había marchitado en su jardín. Se la llevó y le procuró agua y sol.

Desde ese momento la flor se convirtió en su confidente y siempre escuchaba todo lo que tenía que decir el príncipe, hasta que un día le dijo que para encontrarse mejor debía averiguar qué había detrás del fuego de la mirada de la bruja.

¿De qué manera podría averiguarlo si ya no vivía allí? Entonces la flor le sugirió: —Cada vez que vayas al mundo de los sueños búscala, te dejará señales; serán tan débiles que te parecerá que forman parte del sueño, por eso por primera vez tendrás que creer en las casualidades. Y cuando lo hagas, cuando creas, si no puedes llegar a ver sus ojos, deberás alejarla de ti. Solo de esta manera sabrás que es real, que las señales son ciertas, que los sueños pueden materializarse, hacerse presentes.

—¿Cómo la alejaré?

—Oh, tiene algunos puntos débiles, el más grande es su orgullo. Estáis conectados más allá de las estrellas y del océano bajo el que ella descansa, así que te escuchará. Es la guardiana de tus sueños; tendrás que provocarla.

El príncipe suspiró. No quería alejarla pero era la única manera de saber que estaba allí.

Haciendo caso a la flor, aquella noche y todas las siguientes lo hizo. Como no estaba acostumbrada a que la miraran directamente, se enfadó y amenazó con arrebatarle la flor.

Cuando el príncipe estrechó un nuevo día su flor se había marchitado. Sentía tristeza pero también alegría. Su guardiana de los sueños era real. Lejana, bajo su océano, detrás de su mirada de fuego, velaba por él.

El príncipe ya no volvería a buscar señales, tampoco se preguntaría el motivo de que estuviese en alguna parte aguardando quién sabía qué.

Depositó con cuidado la flor bajo la almohada y se trasladó cada vez hasta la última a todos los océanos habidos y por haber.

Su mal se había curado y la única incógnita era descubrir qué había tras el fuego de la mirada de su guardiana.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados. Art by Azraelangelo, ‘Ghost’.

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