La estatua de oro

La estatua a la que le acompañaba la sangre, que quería ser de oro, comenzó a marchitarse.

¡En el pasado fue tan hermosa! Podías sentarte delante e imaginarla moverse en una calidez que nunca tuvo, pues es sabido que las estatuas solo son cálidas a instantes y que, si tienen que elegir entre el deseo de poder ser humanas y vivir sus sentimientos o que el marfil de sus manos se convierta en oro, siempre elegirán esta segunda opción. Y eso fue lo que ocurrió.

Como decía, era muy hermosa. Más que hermosa: era mágica. Era capaz de hacer parpadear a otras estatuas. De convertir eternos inviernos en primaveras.

De hacer promesas con voz pausada y mirada verdadera.

Incluso… ¡de enamorarse!

Pero las estatuas no aman de una manera común.

Esta en concreto se enamoró de una ninfa que había escapado de las Atalayas.

Pero el diablo puede seducir con juramentos.

Y, como dije al principio, quería ser de oro. Aunque ello implicase no danzar nunca, como una vez soñó que hacía.

Así pues, en una oscura noche de luna de sangre, el diablo se presentó ante ella y le preguntó: «¿Quieres tener todo lo que soñaste?».

En ningún momento pensó en el amor.

Relegó su deseo más bonito al olvido.

Porque, ¿de qué sirve un lapso de eternidad donde sientas la felicidad plena? Pudiendo tener el nicho más acogedor. ¡Y al fin ser de oro!

Sus labios, inamovibles y dulces, convertidos en una mueca decaída. El sol de sus ojos, ahora apagado; siendo el recuerdo de lo que fueron. ¿En algún momento brillaron?

El oro que la recubría descascarillado, como el de las otras estatuas que, desperdigadas, se miraban las unas a las otras en una batalla sin pausa, acelerada, contra el tiempo. Ya no era diferente a las demás. Ya no podía lograr que estas parpadearan.

Rodeada de hermosas flores frescas,

En el cementerio,

En la oscuridad.

Angel Sharum


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados. Art by © Angel Sharum

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