Dicen que, si acudes a un bosque y encuentras un pantano en noche cerrada, debes dedicar un momento a ti mismo o, más concretamente, a quién eres y a lo que quieres en realidad. Es una especie de ritual. ¿Cómo hacerlo? Observando tu reflejo en el agua sin pensar en lo urgente, dejando que se abra paso lo que importa. Es en ese preciso momento, cuando todo alrededor ha desaparecido, que tu corazón y tus pensamientos te llevarán allí adonde realmente pertenecen.
Puede que no sea algo sencillo. Porque, a veces, ya tenemos un plan trazado por el que despertamos cada día, y dicho plan se contradice con lo que encuentras allí. A lo mejor no estás viviendo tu cuento de hadas, pero lo que tienes se le acerca, al menos un poco. No te complica; es bastante fácil y te hace suficientemente feliz. ¿Para qué mirar más allá? No, no hagas el ritual si has encontrado la felicidad monótona, el lugar seguro en esta vida donde no sabes qué ocurrirá mañana.
Es como esa sensación mientras caminas con la aurora, viendo cómo la arquitectura, aparentemente sólida, se difumina, asemejándose a las hojas caducas que caen en otoño. Arrastras las hojas en cada paso, pero no importa, porque ese sitio que es tuyo, ese tesoro, no va a desintegrarse.
Sin embargo, ¿qué sucede cuando eres tú quien forma parte de esa arquitectura? Cuando sigues en un lugar que no te hace brillar, donde no eres del todo tú… siendo que existe la posibilidad de que las cosas cambien. Claro que, para que esto pase, no puedes quedarte en la mentalidad del cuento, donde el trayecto es recto, conocido, y las conversaciones giran en torno a la frialdad que evoca esa frase de «todo está bien». Porque es lo que queremos escuchar, pero para llegar a cualquier punto siempre hay que sortear o atravesar obstáculos, e incluso después sigue habiéndolos. ¿Quién querría a su lado a alguien que está solamente cuando todo va bien?
Esas personas son como estrellas fugaces: tienes que estrecharlas mientras están y fingir que solo eres luz cuando puede que tu esencia sea, en gran parte, oscuridad. Y esto no es en absoluto algo negativo: llega un momento en el que sabes quién eres y en qué consiste el mundo, y solo entonces atinas a elegir quién entra o no en tu historia. Quién se parece a ti lo suficiente como para entenderte tanto cuando es un día radiante en el que puede hacerse uso de la frase mencionada como cuando tienes que buscar velas y cerillas en los cajones y no te apetece mentir, porque no quieres que haya hojas caducas también allí.
Así que no, no hagas el ritual si tienes ya tu tesoro o si no estás preparado para lo que sea que impliquen tanto el trayecto como su continuación. De nada serviría sincerarte contigo mismo si solo anhelas la fotografía.
En cambio, si has llegado hasta aquí, te explicaré lo que ocurrió una noche en la que dos almas, sin pretender llevar a cabo ningún tipo de ritual y estando a miles de kilómetros de distancia, encontraron, cada una por su lado, un pantano, y decidieron sumergirse en sus aguas.
Mientras observaban su reflejo, se trasladaron a un sueño. Pero no era común ni «normal», porque todo era nítido y los pensamientos habitualmente clandestinos hasta para la propia mente se presentaban con peso, como algo que no se podía ignorar.
Se encontraron casualmente, pero no por sorpresa. Había suficiente distancia entre ellas como para fingir que no se habían visto.
Primero pensaron: «¿Qué sería lo correcto o adecuado?», pero estaban tan cerca que no se detuvieron mucho tiempo en eso.
No parecía tener mucho sentido que coincidieran allí. Afuera, una de ellas se había acercado a la otra llevando consigo hojas caducas para facilitar la conversación y ni aun así se había movido. Entonces creyó que a lo mejor tenía un tesoro y que era feliz. O tal vez simplemente quería ser amable, pero proseguir en la distancia. Quizá era una estrella fugaz. O las tres cosas. Pero cada uno de estos motivos significaba que no había posibilidad de reparación.
Si quisiera una nueva oportunidad, haría algo más que decir que no la había olvidado.
¿Debían darse la espalda y seguir adelante, ignorando aquel momento, o ir tras el recorrido de sus miradas y acercarse?
Y, como si todo lo bueno que había ocurrido hubiese sucedido ayer, dejaron de pensar. Aquel agujero en el pecho que a veces sentían tenía un rostro y estaba allí.
Eran como espíritus que habían dejado de ser errantes.
Puede que se tratara de una utopía, donde no tenían obligaciones mundanas, las elecciones pasadas no pesaban y algunas incluso no existían. O que viviesen un imposible donde ambas tenían valentía.
Hablaron de un montón de cosas intrascendentes, como si la última vez que se hubiesen visto hubiera sido la semana pasada. Las hojas amarillentas caían sobre ellas hasta fundirse con la piel.
Hasta que una preguntó:
—¿Qué sientes al imaginar que tú y yo tenemos una fecha concreta para vernos fuera del sueño? ¿Qué emoción, qué pensamientos te embargan? ¿Es rechazo? ¿Es alegría? ¿Se te acelera el pulso al pensarlo?
Un silencio arrollador se hizo presente, pero prosiguió hablando:
—¿Nos ves como personas mutuamente extrañas o, en cambio, es como si nos conociésemos demasiado bien?
Miró hacia otro lado y respondió:
—Yo siempre supe que volveríamos a vernos, que había una oportunidad que tarde o temprano acabaría dándose, pero no sabía qué hacer. Y detuve mis pasos, no hice nada. Te aparqué.
—Y yo me cansé de conocer la verdad, de saber que andas por ahí sin olvidarme, pero sin hablarme.
Mientras le decía esto, sus figuras iban desapareciendo, lo que significaba que estaban despertando. Y continuó diciéndole: —Ojalá tuviese alguna poción para darte osadía y que lo que realmente quieres desde tus entrañas se manifestara, pero sé que no va a pasar. No puedes reconciliarte conmigo, contigo, con el pasado, en soledad. Para eso se necesitan dos personas. Podríamos quedarnos aquí mil años y nada cambiaría si no pones de tu parte. No puedo hacer más que decirte que ya sabes dónde encontrarme, que, si realmente eres tú y soy yo, no te resultará arduo dar un pequeño paso, como lo hice yo al hablarte. Tal vez incluso podríamos ver a través de las hojas.
El silencio volvió a hacerse presente.
Se miraron por última vez para intentar recordar o memorizar aquello que al despertar seguiría pareciendo imposible. Pero ninguna dijo o hizo nada más. No en ese lugar que formaba parte de algún tipo de sueño mágico y solo existía mientras dormían.
Entonces despertaron.
© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados. Art by Ed Perkins · Music by Hania Rani — “Esja”