El hilo de Kai

Iria era la guardiana más anciana de la aldea y estaba acostumbrada a dar consejos a las jóvenes que tenían dudas respecto a la vida y el amor, por eso no le sorprendió que la joven Kai acudiera a ella esa tarde.

Tras plantearle sus inquietudes, explicarle cómo se sentía y lo que había pasado, Iria le respondió: —No hay que adelantarse a las cosas, ni siquiera cuando crees que puedan ser importantes, al fin y al cabo, como las flores, que tienen un tiempo determinado de vida, sucede lo mismo con las emociones y los sentimientos, que simplemente mueren—, le explicó.

Kai había perdido a alguien y se encontraba dudosa, porque al parecer, este alguien le había dicho que su corazón era tan grande que había cabida en él para muchas personas y ella había querido ser la única habitante. Además, se había alejado con el viento, y este había silenciado el sonido de los pasos de su marcha.

» Mira, te contaré algo: cada persona es un mundo, ¿sabes? A veces nos equivocamos al creer que es ese el lugar donde quieres habitar, porque no es el indicado. La química y el deseo solo forman una parte más de lo complejas que son las relaciones, y cuando no hay nada más que eso, cuando descubres que, tras hacer el ritual de la evidencia, por mucho que agites aquel libro en el que guardaste la flor para que se mantuviese inmortal y esta no cae o se ha convertido en polvo… es cuando revelas que en realidad nunca mereció la pena.

—¿Aunque el sentimiento fuese mutuo?

—¿De verdad crees que lo fue?

Kai mira hacia lo eterno, intentando hacer una bobina con todos los hilos. Recuerda, que en alguna parte se encuentra el otro extremo del que conserva deshilachado; es de color rojo. De alguna manera se le enganchó en el brazo en un momento que no era el oportuno. No evoca cómo fue, solo recuerda que ella no era la misma de ahora. ¿Quién se encontraba al otro lado? Su cara, su voz, su tacto, se habían esfumado. Lo único que quedaba de todo aquello era una estrella que no brilló cuando debía hacerlo.

El hilo del destino…

—Sí, respondió.

Pero el polvo de la flor no puede conservarse y tampoco las cenizas de un amor que no se mostraba corpóreo.

Le deseó felicidad al viento, sabiendo que de vez en cuando se colaría por las ventanas y puertas, quedándose para siempre con la duda. No le pasaría solo a ella, porque ese gran corazón la vería cada vez que soñara. Puede que se tratara de eso, de que no se atreviera a tenerla enfrente, porque lo más probable es que titubeara: «¿Se parecerá a aquella de la que me enamoré? ¿Destruiría todas las edificaciones que tengo alrededor tras cruzarme de nuevo con su mirada? ¿Me equivoqué al no mirar atrás cuando la dejé en esa calzada?».

A fin de cuentas, no es cierto que las flores mueran del todo, se quedan en la tierra, en el cosmos. Pero hay errores que no se pueden enmendar, no podemos girar las agujas del reloj en sentido contrario. Y aunque un instante pudiera cambiarlo todo —pensamos que podemos valorar qué sentimos abrazando la larga ausencia— era demasiado tarde. No tenía el valor ni la constancia para vivir algo que no fuera únicamente un segundo. No conocería lo que es querer y que te quieran más allá de un simple reflejo.

Iria quiso sostener el hilo rojo, pero estaba tan deteriorado que terminó de romperse.

A lo mejor no había pasado, no había existido.

Quizá no era para ella y el hilo se equivocó.

Tal vez nunca hubo posibilidad de reparación.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados. La ilustración es de Vincenzo Bellini (Catania, 3 de noviembre de 1801-Puteaux, 23 de septiembre de 1835).

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