El efecto del tiempo

Una espina nunca se olvida, porque es lo que pudo ser y no fue. Hay muchos motivos por los que no ocurrió; podríamos atribuírselo a un combate del destino en el que este terminó ganando, a la suerte y sus dados; decir que no era el momento, pero es mentira.

Y cada vez que tropiezas con una pluma de ángel te preguntas lo mismo que yo. Como aquella canción que no puedes borrar y tampoco escuchar, pero a veces inevitablemente atrona y eres incapaz de quitarla. Entonces, durante esos dos o tres minutos, viajas a un lugar privado y secreto donde acaricias un momento. Te contaré un secreto: si cierras los ojos podrás volver a ese día en el que nos encontramos, ver mi mirada o quedarte con mi respiración, la cual consigue esbozar noches que nunca terminan.

No hay culpables, no es cuestión de atribuir errores. De decirse a uno mismo que no era la persona indicada para ti y enumerar todas las razones y defectos para darle peso a la decisión. No había hechizo, no hicimos las cosas bien y el castillo que se imaginó se quebró en una corriente de aire que, a pesar de ahora antojarse lejana y casi irreal, fue una de esas pocas suertes que alguien tiene, en pocas o quizá ninguna en la vida. Es como quedarse solamente con las partes buenas de las estaciones, es el efecto del tiempo.

Prueba ahora, como te decía, a cerrar los ojos, seguro que suena alguna canción, probablemente lo haga de manera distinta porque no lleva consigo mil ideales, millones de fallos o cientos de contras y peros. Es el efecto del tiempo. Es magia. Como introducir una flor entre las páginas de un libro. Permanecerá allí, perenne y hermosa. Y cuando lees o has leído otros libros nunca piensas en ella, de hecho, tienes la certeza de que es olvido. Pero cuando no te gusta un capítulo lo sostienes entre tus manos y soplas el polvo que lo cubre, posteriormente compruebas, de nuevo, si por un casual mantuviera el aroma, pero se ha desvanecido, es una ilusión que no posee ningún olor.

Como si volviéramos a vernos, ¿nos reconoceríamos? Sé que sí, pero solo por los rasgos porque en este momento somos otras personas. A lo mejor no volveríamos a desear ese baile o añorar un beso robado vestido de color blanco. Puede que no nos atreviéramos a saludarnos. Es lo más probable, pero no porque supusiera algo malo o amargo, sino porque no te conozco y tú no me conoces. Porque hay una brecha que no se puede reparar. Es increíble que dos personas desconocidas puedan tropezarse en otra realidad y sentir que se conocen desde siempre, ¿verdad?.

Quizá solo quisimos un imposible; sé que nos enamoramos de un ‘ojalá’, de esa fantasía que tienes desde hace eones de que exista ‘ese’ alguien que es para ti, del que quieres saberlo todo porque tiene mucho que enseñarte. Alguien que no te cansas de mirar. Lo sustituimos por algo parecido, algo cotidiano. Al fin y al cabo los te quiero saben parecido, es el supepoder que tienen: con el mero hecho de pronunciarlos te llenan de plenitud —seguro que Bauman también lo pensaba—.
Siempre nos quedará desearnos lo mejor, es lo que siempre dije; también esa flor y cerrar los ojos de vez en cuando, sin planear el momento, ¿por qué suena cuando menos lo esperas? para alargar el instante en el que éramos la fantasía, sin importar que en el presente tú no seas tú y yo no sea yo, que no seamos capaces de mirarnos o de intercambiar palabras —lo intenté— porque nos convertimos en magia. Es el efecto del tiempo.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados. Art by Erin MacMichael

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