Volando muy, muy alto

Anton Pieck

Érase una vez un hada llamada Fée. Vivía en el lejano Reino de Rem, junto a su mamá, que fabricaba burbujas que no se rompían nunca, y su papá, que bordaba manteles mágicos que recogían la mesa después de comer.

Su mamá no sabía cocinar arroz de margaritas, así que cocinaba su papá. Acordaron que sería ella la que pusiese al sol las sábanas, y que Fée colaboraría en casa tapando con un rotulador las manchas de las paredes que causaban los caracoles traviesos.

En el Reino de Rem había grandes bosques, y era un lugar muy hermoso donde nadie caminaba, ya que todo el mundo tenía alas.

 Fée había nacido con dos alas, pero una era mucho más pequeña que la otra y no funcionaba. Sus compañeros y compañeras de la escuela se burlaban de ella. A ella no le importaba ser distinta a los demás, pero le ponía muy triste no poder volar. Así que su mamá y su papá le hicieron un ala nueva utilizando el jabón para hacer burbujas que no se rompían nunca, y el hilo dorado de los manteles.

¡Era un ala preciosa! Cuando brillaba el sol resplandecía como ninguna otra que se hubiese visto antes. Se la colocó en la espalda y probó a revolotear de aquí para allá. Su risa podía escucharse por cada rincón del Reino de Rem, ¡estaba tan feliz!

Pero había un problema con su ala nueva: no podía utilizarla cuando lloviera. Si Fée volaba en un día de lluvia, el ala se rompería.

Y así pasaron los años hasta que creció.

Fée conoció a Ton cuando cazaba estrellas en el puerto. Era una gran cazadora de estrellas, de hecho había quedado primera en el concurso del pasado año.

No era fácil cazarlas porque eran muy rápidas. Tenías que arrojarles una larga cuerda y contar hasta tres. Si la estrella veía la cuerda y tenía ganas de hacerlo, se agarraba a ella, pero si no tenía ganas no lo hacía.

Ton también llevaba una cuerda entre las manos aquella noche.

—Nunca te había visto por aquí —le dijo Fée.

—Es que vivo en el castillo y no salgo mucho —respondió él.

—¿Vives en el castillo? ¿Eres el príncipe?

Ton le dijo que sí.

—¿Por qué no sales mucho?

—Porque tengo que aprender muchas cosas en la escuela para príncipes y no me dejan divertirme.

—¡Oh! —se lamentó Fée.

—¿Por qué tienes un ala de jabón? —le preguntó señalándola.

—Porque nací con una de las alas más pequeña que la otra, así que mi mamá y mi papá me hicieron ésta.

—¿Y puedes volar con ella?

—¡Claro! —afirmó Fée—. Pero no puedo volar en un día de lluvia.

Ton  no sabía cazar estrellas, así que Fée le enseñó.

Desde entonces se hicieron grandes amigos, y siempre que podían pasaban el tiempo juntos.

❊❊❊

Más allá del castillo del rey y de la reina del Reino de Rem, había una cueva encima de un árbol altísimo, donde vivían los dragones verdes. Siempre se habían portado bien, hasta que llegó un dragón llamado Trapo.

Trapo era un dragón malvado que quería convertirse en el rey del Reino de Rem.

Tenía grandes garras y feroces dientes.

Les contó a los demás dragones su plan de convertirse en rey, y ellos le dijeron:

—¡No puedes ser el rey, porque ya hay uno!

Entonces Trapo pensó durante un rato en ese problema y lo resolvió de la siguiente manera: —Pero si me llevo al príncipe yo podría ser el rey.

—¿Vas a llevarte al príncipe? —le preguntaron sorprendidos.

—Sí, me lo llevaré. Después les enviaré una carta al rey y a la reina, donde les diré que a cambio de devolverles al príncipe, deberán de darme la corona a mí.

Trapo observó su imagen en el lago y se imaginó llevando la corona sobre su cabeza.

A la mañana siguiente Trapo se dirigió al castillo. Abrió la ventana de la habitación del príncipe Ton, que estaba dormido, y se lo llevó con él a las cuevas.

En cuanto el rey y la reina supieron que Ton había desaparecido lloraron mucho.

—¿Quién se lo habrá llevado? —se preguntaban.

Tres días más tarde recibieron una carta del dragón Trapo:

«Soy el dragón Trapo. Me he llevado al príncipe Ton.

Si queréis volver a verlo, dadme la corona y hacedme el rey del Reino de Rem.»

El rey y la reina decidieron hacer rey a Trapo, y enviaron mensajeros y mensajeras al árbol donde vivía para comunicárselo. Pero el árbol era demasiado alto y no pudieron llegar.

—¿Qué vamos a hacer?

Fée supo que el dragón Trapo se había llevado a Ton y que quería una corona, pero no sabía qué corona, así que se dirigió a la tienda de coronas para comprar una. Solamente tenía dos monedas, por lo que compró aquella que no costaba más de lo que tenía.

Como todas las coronas de aquella tienda, la que se llevó también estaba encantada, pero Fée no lo sabía.

Había nubes oscuras en el cielo que anunciaban la lluvia, pero Fée no se dio cuenta.

Cuando llegó hasta el árbol vio que era altísimo.

—¿Podré llegar hasta arriba? —se preguntaba.

Entonces se acordó de Ton, que estaba en peligro, y voló muy, muy alto. Pero empezó a llover.

—¡Oh, no! —exclamó preocupada.

Su ala de jabón empezó a desaparecer.

El viento soplaba, llevándola hacia abajo.

—¡Tengo que conseguir llegar!

Batió fuerte la otra ala, y empezó a subir cada vez más deprisa.

Y llegó hasta la entrada de la cueva.

Allí estaban los dragones jugando al pilla-pilla. También estaba Trapo.

Fée fue hasta donde estaba él, llevando la corona consigo.

—Te he traído la corona —le dijo.

A Trapo se le iluminaron los ojos y se la puso. Pero lo que no sabía es que no era la corona que quería, sino una que estaba encantada…

Saltaron chispas y lagartijas, y Trapo se hizo pequeñito, pequeñito. No medía más de un dedo de alto.

—¡Anda! Pues así de pequeñito no das miedo —le dijo Fée.

—¡Me has engañado! —le acusó Trapo—. ¡La corona que me has dado está encantada!

—No lo hice apropósito. Pero bueno, ahora Ton puede venir conmigo. ¿Dónde está?

—Los otros dragones no dejarán que te lo lleves —le dijo Trapo.

—¡Sí que puedes llevártelo! Está en la jaula, aquí —le indicaron señalando la mesa.

Justo debajo de la mesa había una jaula donde estaba Ton. Fée le abrió la puerta y se dispusieron a regresar abajo.

—¿Qué le ha pasado a tu ala de jabón? —le preguntó Ton al ver que no la tenía en la espalda.

—La lluvia se la llevó, pero no importa, porque he aprendido a volar con una.

Y cuando regresaron hicieron una gran fiesta en honor a Fée, que había salvado a Ton del malvado dragón.

¿Y qué pasó con el dragón?

Al principio estaba muy enfadado, sobre todo porque no encontraba ropa a su medida, pero luego entendió que no se había portado bien y les pidió perdón al rey y a la reina por haberse llevado a Ton.

Como el rey y la reina vieron que estaba arrepentido le dieron una poción que le devolvió a su tamaño original. Nunca más se portó mal.

A partir de ese momento reinó la paz en Rem, y nadie volvió a burlarse de Fée, pues consiguió volar muy, muy alto…, con una sola ala.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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