¿Serán los duendes?

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… Y entonces, sin saber muy bien el motivo, se vio a sí misma deteniendo sus pasos. Aquella loca carrera la había dejado exhausta, necesitaba una pausa.

Miró en derredor, miró por todas partes, como tratando de buscar…

Pero… ¿qué trataba de encontrar?

¿Una respuesta?

Él no estaba en ninguna pintura, en ningún poema. No podía localizarlo entre mil páginas y entes.

Era como si no existiera.

Siguió buscando dentro de cofres del tesoro; indagó en antiguas ruinas, en libros encantados, en canciones, en sus tragedias y comedias…

Pero no estaba allí.

¿Alguna vez lo vio?

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Sabía que estaba en alguna parte. Tal vez matando dragones, o escuchando los cantos de las sirenas que se pierden en la soledad, cuando cae la noche.

Desprendiéndose lentamente de sus ligaduras y de todo aquello que escondía tras kilos y kilos de armaduras; impulsado por aquel extraño hechizo, y a la vez maldito por unos duendes que se habían instalado en las inmediaciones de su castillo, desde donde hacían sus aquelarres y enmarañaban las promesas que pretendía decir en voz alta.

Porque intentaba llamarla, pero los duendes soplaban con fuerza, y sus palabras flotaban hasta desaparecer en el amanecer, lo mismo que sucedía con los cantos de las sirenas.

Así que cuando llegaban a su destinataria lo hacían de manera fantasmal, con misteriosas formas y sonidos, como si fueran peligrosos juegos de fuego.

Por eso ella trataba de escapar una y otra vez.

❊❊❊

Hasta que deseó tener algo con lo que poder recordarlo y no pudo encontrarlo.

Dándose por vencida suspiró y abandonó la búsqueda entre el ruido.

En ese momento el hechizo también cayó sobre ella…

 ¿O ya estaba hechizada?

Y se dio cuenta de que no necesitaba tener algo que le recordase a él, porque ya lo llevaba consigo.

Entonces los duendes dejaron de soplar, y aquella noche las promesas lanzadas llegarían, al fin, tal y como eran.

Se había roto la maldición…

© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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