Los vampiros no existen

Hoy voy a confesaros un secreto: los vampiros no existen y yo soy la prueba de ello. No soy real. No puedes creer en mí.

Sabes que se reirían de ti si lo hicieras.

Es como dar veracidad a la teoría de que el mundo se creó en siete días, ¿verdad?

Que a Satanás lo concibió la Iglesia para tener a su rebaño controlado, o que siempre hay una explicación lógica para esclarecer los milagros.

Y luego hay cuestiones más controvertidas, como el amor. Hay quien afirma que es una ilusión que la propia mente crea y sin embargo después vomita poesía. O la inevitable muerte del cuerpo, esa evidencia que se trata de ignorar.

Pero insisto: no soy real. Si ningún estetoscopio es capaz de detectar latidos en mi pecho es a causa de un error de fabricación —nótese la ironía—. Si no puedes ver mi reflejo en el espejo es porque seguramente estará empañado.

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Si mañana se presentan una serie de muertes en extrañas circunstancias, será por una enfermedad que aún se está investigando.

Incluso puedes creer que el éxtasis que supone soñar conmigo es un despropósito; el delirio de una mente barahúndica.

Es el juego preferido de cualquier vampiro: ahora me ves, ahora no me ves. La certeza de la duda ahogándote como un mar embravecido.

Sabrás cuándo te hallas bajo el hechizo de uno de nosotros porque las señales son muy evidentes: busca en cualquier libro cuáles son los indicios del deseo y multiplícalos.

Pero no todo es desorden y caos en un vampiro. A veces también dudamos de nuestras propias indecisiones, la eterna pregunta: ¿convertimos a alguien o no? Entonces es la parte más oscura de nosotros la que se manifiesta. Y ante la persistencia, la huida o el desdén. El olvido.

Sin que importe si te atañe o no.

El corazón del vampiro se ha forjado como una espada, en el fuego del tormento. Y ante una posible congoja o desaliento es preferible la renuncia y confiar en la casualidad.

Porque las cuestiones que habría de plantearse son dignas de sometimiento, he aquí algunas:

¿Aceptaría ese momento en el que se entrega a los brazos de la noche eterna?

¿Sería capaz de soportar el placer que el dolor provoca?

¿Querría descubrir los terribles secretos de la penumbra?

¿Anhela tanto como yo ver el mundo convertido en cenizas?

Una vez se hubiese convertido en esto… ¿desearía retroceder y volver a ser humana?

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Es por estas incógnitas que normalmente un vampiro se encuentra tan solo y prefiere, en las tinieblas de su alma, no ceder a su apetito y no mirar atrás: para mantenerlos a salvo tanto a ellos como a nosotros mismos.

Pero como ya he dicho mi existencia es cuestionable, y pese a lo que acabo de relatar, está en la razón del lector dar por supuesto o improbable lo que planteo en estas líneas.

© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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