La muralla de Arath

—¿Por qué hay una muralla? —preguntó en voz alta cuando llegó a las proximidades de Arath y la vio.

—Hola —le saludó la muralla.

—Hola —respondió—. Antes no estabas aquí, ¿verdad?

—Y después te dejaron escaleras y cuerdas para que pudieras pasar al otro lado, pero no lo hiciste.

—Pero yo quiero ir a Arath…

—Es fácil decirlo ahora que me ves. Yo también estoy en tu lado, y tú no ofreciste cuerdas y escaleras a los habitantes de Arath para pasar a él.

—Dime: ¿con qué estás fabricada? —le preguntó con curiosidad.

—Con lejanía.

—Pues la lejanía parece cemento y grava.

—Sí, lo parece.

—¿Qué hay al otro lado?

—Ya estuviste allí de visita. Es el mismo Arath. Con nuevas calles y mercados, con los mismos contornos.

—Aún no entiendo el motivo de que estés aquí.

—Si hay lejanía en un lado, acaba contagiando al otro.

—¿Ya no me dejarán más cuerdas o escaleras?

—A veces la mejor opción para seguir adelante es no hacerlo. ¿No te parece una tontería arrojarlas sin razón, a la nada? Has visitado Arath, pero yo siempre he estado aquí. ¿Alguien de allí ha podido llegar a este lado de mí?

Titubeó un poco y después respondió en un susurro que no.

—Entonces no puedes pretender que yo desaparezca. En vez de juzgar y cuestionar hojas en blanco, en lugar de suponer sin conocer…, busca en lo más profundo de ti. Pregúntate qué es lo que quieres. Probablemente no sea llegar a Arath; de ser así habrías traído tu propia cuerda. De ser así me habrías destruido hace muchos, muchos «había una vez». Habrías encontrado motivos, no obstáculos.

—Entonces, ¿es éste el final?

—Claro que no: Arath va a seguir estando allí, no va a evaporarse. No va a impedirte el acceso, como tampoco va a decidir por ti si debes destruir la parte de mí que abarca tu lado, o dejar que alguien pueda atravesarla.

—¿Por qué todo parece tan complicado? —suspiró.

Creo que somos nosotros mismos quienes nos complicamos…

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© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

 

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