Infinita Mei

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(La leyenda de la Veladora de los Perdidos)

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Ocurrió hace muchos, muchos años. En sus orígenes, Mei era la esposa de un pescador que llevaba largos meses de ausencia en alta mar.

 Al recibir la noticia de su regreso, Mei no cupo en sí de felicidad. Llegaría pasadas siete lunas.

 En el amanecer del octavo día, Mei deseó ver cómo llegaba su barco y se asomó al borde de aquella montaña para saludarle.

 Su esposo acababa de poner los pies en tierra cuando vio cómo Mei resbalaba hasta precipitarse al vacío, cayendo entre las olas que apenas unos instantes antes habían augurado promesas de amor eterno.

El pescador, desolado y deshecho, fue abrazado por las horas en una súplica a los dioses, a las sirenas, a todo ser viviente que pudiese devolverle el aliento a su amada.

Cayó la noche, y la voz que fue canto, y la mirada que significó alegría, continuaban dormidas.

Entonces se elevaron mil vientos que llevaron a Mei al infinito, y la voz del Dios del Destino le dijo entonces: —No llores, pues tus súplicas han sido escuchadas. La vida se le ha devuelto en el adviento, su espíritu ha ascendido a los cielos. Tu amada se ha convertido en la Veladora de los Perdidos.

—Los malos presagios se convirtieron en desatino. Soñé que soñaba, que nunca había tenido lugar esta fatalidad. Me dices que mi dulce Mei está viva en algún punto, pero mis ojos abiertos no la perciben y lo único que me queda de ella es su recuerdo.

—Observa el cielo, joven pescador.

El pescador lo hizo, y vio entonces una nueva constelación que sellaba en el firmamento la inicial de su nombre.

—Infinita Mei —susurró, llorando de alegría.


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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