Hagall

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Antes de hablaros acerca de los mús me gustaría que supierais dónde vivían, pues así podréis situaros y calcular la importancia de los acontecimientos. Ese lugar se trataba del Poblado Libre de los Vientos: la región donde habitan los druidas. Pero en este cuento ellos no son los protagonistas (aunque puede que lo sean en otra ocasión).

Lejana, remota, cuasi quimérica. Allí vivía una especie fénaðr 1  llamada ‘Mús’. Se trataba de una variedad de roedor cuyo pelaje solía ser de color perla, aunque los había de distintas tonalidades.

 Lo que les caracterizaba era el sentido de la supervivencia, y es por este motivo que tenían dos pequeñas alas plegadas en el lomo y, cuando tenían hambre, las desplegaban y volaban de aquí para allá en busca de alimento, que consistía en polen, semillas y frutos.

Es curioso que pudiesen volar, ya que la mayoría de ellos sufría de vértigo.

Cuando volaban, sus pequeñas patitas no se despegaban más de cinco metros del suelo.

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En invierno su pelaje se volvía de color blanco, y cuando los veías caminar por los campos se asemejaban a diminutas bolas de lana. Verlos volar era algo magnífico, porque todos tenían las alas de distinto color; eran como las de una mariposa. Y cuando aleteaban en grupo formaban un bello grupo difícil de olvidar.

Entre aquella legión de roedores féericos había uno que se diferenciaba del resto, por ser el más pequeño de todos —la mitad más o menos que los demás—. Su nombre era Hagall. Lo que más le gustaba a este mús era la filosofía, y por eso, cuando apenas hubo divisado la primera luz en el horizonte; cuando abrió sus pequeños ojos… Se quedó pasmado mirando el cielo (en esas remotas tierras la luz es de un color más puro y se aprecian las cosas a las que el sol alumbra con mayor precisión). Y desde aquel momento supo que él sería el que le contaría a los demás cuanto no pudieran apreciar, ya que sus compañeros siempre estaban muy afanados en sus tareas, y no tenían tiempo para otra cosa.

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Lápiz en mano comenzó a narrar lo que veía. Hablaba del universo y de tantas cosas que, si las expusiera todas ahora, llenaría varios folios.

Pronto se convirtió en un escriba de prestigio en el poblado. No resultaba extraño que los mús más jóvenes siempre estuvieran llamándolo: “—Hagall, ¿para qué sirve esto?” o “Hagall, ¿podrías contarnos otra historia?”

Y  al poco tiempo ya impartía clases al resto.

Escuchó hablar acerca del dramaturgo Diógenes, e investigó tanto que las palabras que este griego expresó parecían suyas. También hablaba de Lucrecio y Ovidio (los druidas se encargaban de traducir a la lengua féerica muchos escritos que consideraban importantes).

 Gracias a esto los roedores quisieron saber más, y comenzaron a tener emociones más intensas. Algo cambió en el interior de todos: su pequeñísimo corazón se hacía más grande… Supieron al unísono que su propia existencia no se limitaría a la supervivencia.  Hagall supo que había una raza llamada “humanos” y buscó entre los mapas de la gran biblioteca para saber dónde vivían. No paró de buscar hasta que dio con las coordenadas.

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Pero para tan larga travesía necesitarían algo que les ayudase a que pudieran volar más alto. Así que uno de los mús, ayudado por el diminuto escriba, estuvo días enteros estudiando la manera de lograrlo, hasta que pudo idear el diseño, que consistía en una mochila propulsada por un motor. “Sólo tienes que darle un poco de cuerda para volar más alto y durante más tiempo sin cansarte”—les contó a los demás, orgulloso.

 Una vez trazado el plan convocaron una reunión y se pusieron todos de acuerdo: el día primero de la próxima primavera harían un largo viaje y en la noche, observarían a esa extraña raza.

Llegado el momento se despidieron con alegría de los mús menos valientes que decidieron quedarse allí, y se dispusieron a cumplir su misión: ayudar a los seres humanos.

Pero… ¿cómo podrían ayudarles? Hablaban una lengua distinta y no tenían mucho en común… Además, seguro que al ver sus pequeñas alas los tendrían demasiado en cuenta, y ellos sólo querían acompañarles, atenuando sus penas, estando ahí…

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El pequeño escriba le pidió al hechicero que hiciese desaparecer sus alas, porque ya no las necesitaba; y fue escuchado: entre una especie de humo blanco éstas desaparecieron.

Una voz surgió de lo más alto y le dijo:—Eres muy valiente. A partir de ahora tu tribu habrá de abrirse paso en una tierra de color gris. Vuestro corazón es tan grande que de tanto peso se ha volcado, y por ello vuestra vida será más corta. Ahora tenéis una misión. Vuestra presencia será apreciada, ayudaréis sólo estando allí, con vuestra compañía. Pero la mayoría de los seres humanos no apreciarán la gran lección de vida que les enseñaréis.

El ratoncito, que ya había dejado de ser féerico, se entristeció, y dos gotitas cayeron de sus ojos.

“—No llores, pequeño amigo. Nunca sabrás cuán importante eres y serás. Con tu pérdida habrás dejado una enorme huella, no sólo en las vidas de los humanos que estén junto a ti; pues también la habrás dejado en el espacio”.

Tras estas palabras sonrió y secó sus lágrimas. Estaba dispuesto a cumplir su misión, se sentía dichoso.

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Y así es como gracias a este pequeño mús hoy podemos disfrutar de esa maravillosa compañía silenciosa, pero no por ello menos importante.

 Hay quienes no los tienen en cuenta porque no molestan. Entonces les embarga la pena y se van. Los ratoncitos entregan su cortísima existencia sin pedir nada a cambio, y si hablaran la misma lengua que los humanos seguro que nos enseñarían un montón de cosas, pero ahí reside el encanto


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

 

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  1.  “fénaðr” Nórdico antiguo, “Animal, bestia”
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