Faëry

«¡Qué tristeza! ¡Qué desencanto!» —pensó Faëry después de aterrizar en las tierras con las que tanto había soñado.

Había leído guías y tenía un montón de mapas.

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Se trataban de unas tierras transparentes que cobraban incandescencia a cada nuevo paso. Invisibles a los visitantes, si ése era el deseo de quienes allí moraban. Pero nunca vacías, siempre llenas de vida.

Conocía a las hadas y sabía dónde podía encontrar hongos luminiscentes. Había mirado a los ojos al Bosque de la Soledad. Se había quedado prendada de las piezas musicales que entonaban los silbidos del viento entre los árboles.

Pero aquel día se desencadenó un terrible temporal. Hacía mucho frío y todo parecía desmoronarse a su alrededor. Lo que veía le provocaba escalofríos; ¿Acaso cuanto vio antes solamente se trataba de un sueño y lo que veía ahora era la realidad?

Faëry se tapó con las hojas de un fresno y mientras se sumergía en los brazos de Morfeo sintió en su propia piel el recuerdo de las canciones, de los silencios; la magia de los ecos de aquellas tierras que apenas unos días antes había presenciado.

Se materializaron en un fantasma estelar que durmió junto a ella; y la acunaron en una dulce fantasía hasta que se quedó dormida, confiando en que el temporal amainaría pronto.

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Se acontecieron tres largos días bajo la luz de unos tímidos rayos de sol que conseguían filtrarse a través de la oscuridad; tres largos días de truenos y relámpagos, donde las hadas dormían y el Bosque de la Soledad había cerrado los ojos en un vano intento de descanso.

Faëry estaba desconsolada, pues trataba de entender, pero en realidad no comprendía nada. Y nadie le podía explicar el motivo del temporal, pues hasta las setas y los hongos luminiscentes habían decidido tararear una canción en su propio idioma; y cuando Faëry intentaba traducir lo que decían se encontraba con un cuaderno lleno de frases del revés.

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Y al fin pasó todo. Al abrir la puerta se topó con la soledad, una soledad distinta a la que había compartido en el bosque que había conocido.

«¿Ocurrió de verdad?» —se preguntó, antes de comprobar que los mapas estaban debajo de la cama; y que guardaba aquel amuleto alado que los seres encantados de aquellas tierras le habían regalado, para que pudiera viajar allí siempre que deseara hacerlo, en alguna parte.

—Sí —afirmó en voz alta con extrañeza.

Había pasado de verdad: las hadas, la magia, las luces; el temporal. La oscuridad. Como un retrato dentro de un libro, mofándose de un apego sin aristas que no se materializó, que no fue y que tampoco sería; pues la distancia es reservada y no tiene ojos a los cuales mirar. Y a veces la propia distancia obliga a permanecer en el amargo sabor del desencanto.

 En ocasiones las hadas, los vientos, la magia…, se desvanecen momentáneamente para regresar con más fuerza que nunca. Para volver a crear universos y canciones de cuna. Para traducir el lenguaje de las setas.

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Faëry desplegó uno de sus mapas preferidos sobre la cama y vio que aparecían nuevos puntos y descripciones de criaturas que no conocía.

Al pasar el dedo sobre el bosque cerró los ojos y aun en la lejanía pudo sentir aquel instante dentro de sí misma, como un abrazo perdido en el tiempo, deteniendo los momentos de la última noche, donde Faëry cantó.

Como una despedida donde no hay segundos que contar…

Arthur Rackham

© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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