El manantial prohibido

En esto, don Quijote y su escudero se adentraron en las lejanas tierras malditas.

—¿Por qué creen que están malditas, señor? —preguntó Sancho.

—He oído que sus habitantes han perdido la cabeza.

Sancho se santiguó.

—Que Dios nos ampare —susurró.

Cuando llegaron vieron a decenas de aldeanos vestidos únicamente con una sábana, a la cual le habían abierto dos ranuras a la altura de los ojos.

—Tienen que ser visiones —pensó Sancho.

Mas no se trataban de visiones: los aldeanos deambulaban de un lado a otro arrastrando los pies.

—¿Qué es lo que dicen, hermano? —le preguntó don Quijote.

—No dicen nada, señor. Nada concreto.

—’Bu’ ha de tener un significado —pensó don Quijote—. Pues era lo único que oían alrededor de ellos.

Se dirigieron a la morada donde el rey de aquellas tierras se lamentaba.

—He venido para ver con mis propios ojos la maldición que os consume —le dijo don Quijote presentándose ante él. Decidme cómo puedo ayudaros.

El rey los escrutó a ambos. Guardó silencio, y mirando a los aldeanos a través de la ventana dijo: —Han venido hechiceros para intentar hallar una solución, pero no la han encontrado. ¿Quién sois vos y por qué creéis que podéis ayudarme?

—Soy un caballero que se ha enfrentado a terribles adversidades.

—Ellos me llaman «el loco» —confesó el rey—. Pero los locos son ellos. Parece ser que han bebido agua del manantial prohibido. Ello les ha consumido.

—No pienso que estén locos —opinó don Quijote—. Si acaso, quizá se hallen confundidos. O tal vez se trate de una manifestación divina. Loco es quien con sus acciones provoca daño.

—¿Qué manifestación divina es la que contemplo, en la que han perdido sus nombres y han dejado de conversar?

—Pienso que el problema que os aturde e inquieta tiene fácil solución.

—No se demore, caballero: dígame de inmediato qué puedo hacer.

—Vaya usted al manantial y beba agua.

El rey se sorprendió ante tal solución. No había pensado en ello.

—¡Qué buena idea! —aplaudió.

Más adelante, don Quijote y Sancho supieron que había un nuevo fantasma; el cual llevaba una corona.

—Otra victoria más, mi fiel Sancho —anunció don Quijote.

—¿Cómo os sentís, señor?

—Satisfecho. Al fin el buen rey ha encontrado la paz. ¿Es de vuestro parecer que lo visitemos? Podríamos descansar de la absurda rutina y denominarnos «fantasmas».

—Ya conocemos la lengua que utilizan, así que no resultaría complejo amoldarse.

Y así fue como, provistos de sábanas, se dirigieron de nuevo a las tierras malditas.

Hallaron momentos de paz y dicha.

Tomaron por costumbre asustar a quienes osaban hablar de un «rey loco», vistiéndose con las sábanas y apareciendo a altas horas de la madrugada en sus hogares. No lo hacían por diversión, sino como lección. Pues no está bien juzgar a alguien y llamarlo loco cuando no daña a nadie y es feliz…


Un pequeño capítulo con prosa actual basado en la novela ‘Don Quijote de la Mancha’.

© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

 

 

 

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