El guardián de la niña

Cuando la gente imagina a un guardián piensa en un oso, en personas grandes y fuertes, con armaduras; en lobos feroces. Pero en realidad hay muchos tipos de guardianes, ya que no todo el mundo se puede permitir tener a un oso en casa o llevarlo a eventos sociales.

Más allá del arcoíris hay un grupo de seres que nos conoce muy bien. Saben qué hay en nuestros corazones, cómo somos, cuáles son nuestros sueños. Entonces escogen a un alma muy especial que envían a nuestro camino…

El guardián de la niña

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Aquella niña pensó que me había elegido y así lo creyó durante años.

La primera vez que nos vimos le di la espalda. Mis hermanos y hermanas se acercaron a ella, curiosos y juguetones, pero yo no lo hice. Ella ya había posado sus ojos sobre mí; yo ya sabía que sería mi humana, aunque no sería hasta más adelante que llegaría a comprender este concepto.

Mis dos primeros años los pasé robándole calcetines y siendo un trasto. En un momento dado me di cuenta de que debía ser un poco más bueno, creo que nunca le gustó que me comiera los libros. ¿Por qué se preocupaba tanto por los cables? Siempre los apartaba de mí, no me dejaba masticarlos. Tiempo más tarde aún me recordaría aquella vez que me comí los que tenían bombillas y estaban enroscados en un árbol; ¡menos mal que estaba desenchufado!, suspiraba aliviada.

Ella era una niña pero se sentía muy adulta. Aprendió lo que era la responsabilidad conmigo. La acompañaba a todas partes; muchas veces lo hacía escondido, en bufandas cosidas a sus jerséis. Me encantaba estar allí, calentito, meciéndome con el ir y venir. La verdad es que eso es algo que nunca cambió, y cuando los dos nos hicimos mayores, seguía gustándome estar tapado con montones de mantas y seguirla a todas partes. Me metía yo solo en uno de los bolsos, la miraba. ¿Adónde íbamos? Bah… eso no importaba. A cualquier parte, a mil aventuras.

Cuando tenía que irse a algún sitio donde no podía llevarme procuraba que no estuviera solo. Yo protestaba o me quedaba dormido, y cuando abría los ojos la veía despertándome, preguntándome qué tal estaba y si estaba preparado para alguna aventura. A mí me bastaba con que estuviera allí.

No hablábamos la misma lengua, pero la entendía, y ella debía tener algún poder especial, porque siempre sabía cómo estaba o qué necesitaba. Incluso al final. Los años pasan, aunque lo sabía, no quería darse cuenta. Mis pasos ya eran lentos; a veces me quedaba dormido y ella no quería despertarme para llevarme a explorar por no molestarme.

Yo ya no podía verla tan bien como lo hacía antes, mis ojos estaban cansados, pero recordaba cada rasgo de su cara. Tampoco oía del todo bien, pero no supuso ningún problema porque aprendimos a usar la luz, gestos y señales. Disfrutaba sintiendo el sol sobre mí, la hierba acariciando mis patas. Los muchos lugares que seguía sintiendo alrededor. El calor de su mano y sus palabras susurradas.

 Quería estar junto a ella, era su guardián a pesar de mi pequeño tamaño. Velaba sus sueños y vigilaba que no tuviera pesadillas. Y si algún ser malvado se interponía, me hacía gigante y la envolvía para llevármela muy lejos.

Otros guardianes tenían distintas maneras de proteger, y no siempre sus humanos se daban cuenta de la importante función que ejercían. Pero ellos estaban orgullosos porque conocían su propósito.

Sí, hacía tiempo que me sentía fatigado. Quería seguir acompañándola, pero comenzaba a dormirme y ya no podía volver a hacerme gigante para cuidarla. Yo sé que eso a ella no le importaba, porque su felicidad era verme feliz, que no me faltara nada; sentirme querido a cada instante. Y los últimos días que estuve allí ella lo pasó peor que yo. Estaba enfadada consigo misma por no poder ayudarme más, por no saber qué hacer. Anteriormente me había susurrado que, llegado el momento, le dijera cuándo estaba preparado para irme. No era fácil decidir no volver a escucharla susurrarme y arroparme cada noche. ¿Cuántos años habían pasado…?

 Tuve que decírselo.

Ella me escuchó.

Me preguntó si recordaba todo lo que habíamos pasado juntos. No hizo falta que respondiera, porque sí, claro que recordaba cada pequeño y gran paso que había dado. Recordaba nuestras huellas en la arena. Cada momento de su vida en la que siempre estuve presente.

 Decía que si bien ella había sido mis ojos, yo había sido su corazón. Fue entonces cuando supo que ambos nos habíamos elegido.

La esperaré en otro lugar, en una preciosa pradera. Me pide que sea feliz, y lo seré, porque algún día volveremos a recorrer tierras juntos, deslizándonos por el arcoíris, para no detenernos jamás…


© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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