El Coso Luminoso

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… Y de repente el suelo desapareció bajo sus pies.

Cerró los ojos con fuerza y un nuevo amanecer la abrazó para llevársela muy, muy lejos; a un lugar encantado.

A un recuerdo vívido y nítido, en el que encontró aquel fragmento luminoso riendo en la orilla.

No lo estaba buscando. De hecho sabía que estas cosas no existían mas que en los cuentos de hadas.

Había ido a un montón de convenciones sobre la inexistencia de seres sobrenaturales y ahora iba a una escuela donde los expertos y expertas en Ciencias Realistas le estaban enseñando cuantiosas fórmulas matemáticas que corroboraban sus teorías. Y ella lo había apuntado todo, hasta el más mínimo detalle.

Más tarde se lo contaría a su «coso luminoso» y ambos reirían recordando anotaciones como: “Cree solamente en lo que puedes ver”, “Ten siempre a mano un reloj”, o “No puedes lavar los platos con champú” (Esto último no llegó a entenderlo nunca).

Por eso cuando escuchó su risa en la oscuridad pensó en el champú y en que estaba perdiendo el juicio.

Pero entonces el vacío se inundó con su alegría. Pudo sentirla dentro de sí misma, era verdaderamente contagiosa.

Allí estaba, medio enterrado en la arena, reluciendo.

—¿Eres real? —le preguntó, agachándose.

—No lo sé. ¿Lo eres tú?

—Pues claro. Yo soy humana, no una «cosa» luminosa.

—Pues estás hablando conmigo.

«Seguro que estoy soñando», pensó mientras lo desenterraba para ver qué era.

—Me haces cosquillas, ¡Ji, ji! —intentó protestar, revolviéndose y enterrándose aún más.

—¡Estate quieto! —le pidió ella con impaciencia.

Y así, lentamente, lo sacó de allí.

Primero descubrió su cara.

Era una especie de bola; parecía un globo. Tenía ojos, nariz, boca, y algo parecido a «pelo» en la cabeza; eran como lacónicos hilos de plata.

Después desenterró sus brazos y vio que tenía cuatro dedos en cada mano. Y ya al final, tirando de él con fuerza, pudo sacar sus larguísimas piernas (en comparación con el resto del cuerpo). Y vio que al igual que sucedía con sus manos, solamente tenía cuatro dedos en cada pie.

—Realmente eres muy extraño —sentenció ella observándole—. Curioso, cuanto menos. Me gustaría ver las caras que pondrían mis profesores de realismo si te vieran. ¿Te lo imaginas?

—Probablemente ellos no llegarían a verme nunca.

—¡Oh! —exclamó ella con una expresión de tristeza—. Pero enseguida la sustituyó por una sonrisa y le dijo:

—¡Tengo tantas cosas que preguntarte!

—¿Por ejemplo?

—¿Cómo te llamas?

—No tengo nombre —respondió él con pesar.

—Bueno, a partir de ahora serás mi «Coso Luminoso». Puede que más adelante se me ocurra un nombre mejor que vaya con tu personalidad.

Él sonrió y sacándose una pequeña bola del bolsillo le dio la mano.

Y fue entonces cuando todo desapareció y llegaron a ese lugar encantado… donde no había relojes y tampoco lavavajillas.

© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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