El camino

Detuvo sus pasos. Como si al fin pudiese descansar. Como si no le quedase todo un camino que recorrer.

Sabía que no debía detenerse a pesar de que su cuerpo le estuviera enviando señales de agotamiento.

Ya no se esforzaba en intentar averiguar lo que había en su alma. No lo hacía porque no quería saberlo.

Pasaban los días. Pasaba el tiempo. Ella realmente no sabía qué pasaría mañana. Si las fuerzas acabarían por fallarle.

En una lucha encarnizada por la subsistencia.

«Si me detengo, moriré», pensaba.

«Porque me quedaré aquí estancada, en la nada».

«Sí, si me detengo, pensaré. Porque cuando todo es silencio el dolor desborda. En breve se cumplirán dos años. Tú sabes a qué me refiero».

Porque lo que ocurrió no se puede cambiar.

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Alguien hizo daño y continúa existiendo. Como si nunca lo hubiera hecho.

Pero a la que hundió de tal manera que cuanto veía era la oscuridad a la que él la había conducido, creía en sí misma.

Es por eso que cuando salió de ahí convertida en trizas se propuso caminar. Simplemente hacerlo. Al principio no sabía el motivo. ¿De qué serviría? Sus pensamientos parecían borrosos. Las palabras que él le había dicho durante tantísimas estaciones iban y venían a su antojo.

«¿Quién soy?», pensó.

No vislumbraba nada concreto.  No buscaba señalizaciones.

Y poco a poco comenzó la travesía que en el presente no había acabado.

Lo primero que sintió fue alivio, cuando su teléfono no sonaba con una voz al otro lado preguntándole dónde estaba, diciéndole que estaba preocupado.

Más adelante comenzó a hablar con quien quería sin sentirse culpable.

Descubrió que no tener que anteponer a otra persona le regalaba un tiempo muy valioso.

Había dejado de mirar atrás cuando paseaba.

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Dueña de cada segundo de su vida se encontró con un hoy repleto de cosas que hacer. Cosas que le interesaban. Pero lo que más le gustaba era no tener que decir constantemente ‘Gracias’, ‘¿Puedo?’ o ‘Por favor’.

Porque ella tenía voz. Clara y nítida. Podía utilizarla cuando se le antojase.

Recuerda que lloró durante unos minutos. Pero no preguntándose por qué le había hecho aquello, como antiguamente. Sino porque de no haberlo creído a él, de haberse dado cuenta de dónde estaba metida, ya habría hecho muchas de las cosas que aún tenía que cumplir. Lloró por aquella que se paseaba silenciosa creyendo que sus cadenas no podían cortarse. Unas cadenas que llevaban inscrita las frase ‘Soy el amor de tu vida. He venido para adorarte. Para Nadie, con cariño’.

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Tantas veces había escuchado que el tiempo lo cura todo, que le parecía una mentira. Y es que el tiempo no lo cura todo, pero el dolor se difumina. Cuando quiso darse cuenta llevaba una sonrisa consigo.

Cuando menos lo esperó se olvidó del daño. Y hubieron más momentos buenos que malos. Hasta que al final se convirtieron en uno malo de cada cien.

Terminaría llegando el instante en el que se atrevería a mirar al dolor a los ojos. No forzaría ese encuentro, pero tampoco lo evitaría.

Respiró profundamente.

Si algo podía esperar de la vida, sería bueno, porque lo peor ya había pasado.

Y en algún lugar podrido y oscuro, un corazón que nunca funcionó envejecía a pasos agigantados.

Tal vez en un moderno castillo. Con una arquitectura transparente. Sí, las habitaciones no parecen tener paredes. Si pasas por allí no verás nada anormal. Al contrario: de hecho parece demasiado normal. Porque el terror siempre se guarda bajo llave, donde no pueda verse. Al fin y al cabo lo que se ve es la superficie, y aún se le da demasiada importancia a ello. Solamente él puede apreciar las manchas que empañan sus paredes. No importa cuántas veces las limpie cada día. Siempre aparecen. Quizás los demás no puedan verlas, pero él sí, claro que las ve…

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©  El texto es de Némesis Fuster. La ilustración es de Chiara Bautista. Todos los derechos reservados.

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