Doncella 2.0

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 «Hechizo para dejar de convertir en piedra»

«Cómo remitir un poder»

Con este lazo te ato —le decía a una versión de sí misma convertida en muñeca de trapo.

Te ato, ¿me oyes? ─insistió—. Para que no hagas daño.

Enredó el lazo alrededor de la muñeca y continuó: ─Norte, sur, este y oeste. Lo que en la tierra no se pueda entender llévatelo para no más ver.

Norte, sur, este y oeste.

Cogió dos alfileres, y cuando estaba a punto de clavárselos en los ojos a la muñeca, se detuvo.

Siempre era la misma historia: cada amanecer. En cuanto el efecto del encantamiento se desvanecía. Después tenía que sufrir la consecuencia de no poder volver a llorar. Y solo cuando volvía a realizar el ritual, se derramaban bajo sus ojos lágrimas sanguinolentas que no podía sentir.

Pero hoy no lo haría, pues necesitaba plañir lo que ni sus actos ni sus palabras podían combatir.

Lloraría porque continuaba maldita.

Por eso cuando el reloj marcó las seis no cerró los ojos, y dejó que las lágrimas fluyeran cual riada; que recorrieran la fina piel de su rostro y que se acontecieran a la oscuridad de un día más.

Tras saborearlas dirigió la mirada al infinito y se sintió viva. Nunca antes había probado el sabor de la salobridad. La sangre tiene un sabor metalizado. La sangre de sus lágrimas sabía a pesar.

Habían pasado años desde la última vez que viera desde su alfeizar a un valiente príncipe.

No había abandonado la idea… esa ilusión tonta y arrogante de ser amada por siempre.

Había leído poemas de amores imposibles. Pero casi siempre esas palabras habían sido inspiradas por un auténtico beso, algún tipo de magia o un sueño revelador.

Sabía que a veces, en reinos muy lejanos, se hallaban princesas mortales que padecían y se sentían tristes. Pero siempre acababan encontrando a su otra mitad.

Todas estas historias se le antojaban lejanas ahora. El último mortal que la miró huyó despavorido cuando los dedos se deslizaron de las riendas de su alazán involuntariamente, convertidos en piedra.

Y es que él verdaderamente no la amaba: al igual que los demás fue la convicción que tenía en el Credo de los Caballeros lo que le motivó a ir en búsqueda de aquella triste muchacha. Y de esto habían acaecido años; años que a ella ya ni siquiera le pesaban.

Sabía, desde que tenía uso de razón, que su vida jamás sería como la de los demás. Que aun estando acompañada por la colección de bailarinas de porcelana se sentiría sola. ¡Claro que podía apreciar la capa de polvo que las recubría! Por supuesto. Pero sus bailarinas no podían expresarse de otra forma.

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Ahora se encontraba en los pequeños aposentos de un edificio gris que no tenía alfeizar. Pero sí que tenía gárgolas. No eran bonitas pero, como siempre le ocurría, ella las encontraba encantadoras. Tanto, que temía que el cariño que les profesaba fuese demasiado evidente. Porque ya había visto a sus vecinos murmurar acerca de ella y mirarla con extrañeza. Probablemente la habían escuchado alguna vez, cuando se dirigía a ellas por sus nombres.

Pero eso no le importaba, e incluso había días en los que respondía con una sonrisa —la ensayada—. Y es que la doncella los compadecía, pues una vez deseó ser poseedora de esa falsa sencillez de la que presumen. Pero esa vez duró sólo tres segundos: los necesarios para darse cuenta de que no se hallaban en ningún estado de gracia sobrenatural o divina.

Así que cuando se percató de ello supo que no encontrar el amor verdadero no era algo tan grave y, desde entonces, cada vez que los veía también veía una losa sobre sus cabezas. Por lo tanto, cuando sus miradas la hacían sentir pequeña y extraña, posaba sus ojos sobre la carga que llevaban, y hasta sonreía de verdad.

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La doncella se despidió de las bailarinas y se dispuso a recorrer un nuevo escenario tras bajar el telón (no sin antes bendecir a las gárgolas).

Cerró la puerta, se arremangó el bajo del vestido para no tropezar con los escalones y salió al exterior. Entonces, por primera vez, miró a todos a los ojos. Sabía que si lo hacía podrían transformarse en hermosas estatuas de piedra pero no le importó, porque sólo así hallaría a esa persona especial. No iba a huir de sí misma y tampoco iba a creer en promesas que no significaban nada. Aquél que la amase no se enamoraría primero de su reflejo y después intentaría que ella fuese de otra manera. Aquél que la adorase podría mirarla sin caer bajo el influjo de su hechizo, y entonces ambos sabrían que estaban destinados (siempre que llamase a las gárgolas por sus nombres y no quisiera despojar a las bailarinas de su expresividad).

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No volvió a realizar el ritual nunca más. Cuentan, que hace unos años se propagó una rara enfermedad. Los que la padecieron explicaban, antes de que sus labios se arricieran para poder hablar, que sucedió cuando vieron a una mujer de mirada acuosa.

Los síntomas eran claros: primero una sensación gélida en la yema de los dedos para, inmediatamente, convertirse en piedra. Después, en el transcurso de unas horas, este frío de muerte iba expandiéndose por todo el organismo, delatándose en una piel que dejaba de serlo para convertirse en mineral con lentitud…

© Némesis Fuster. Todos los derechos reservados.

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